Si hubiera una educación del pueblo, todos estaríamos mejor.
México sufre una gran emergencia. No es principalmente política y ni siquiera económica –a la cual todos, desde la derecha hasta la izquierda, asocian la posibilidad de “recuperación” del país-, sino algo de lo cual dependen tanto la política como la economía. Se llama “educación”. Nos interesa a todos, a cualquier edad, porque a través de la educación se construye la persona y, por tanto, la sociedad.
No es sólo un problema de instrucción o de inserción en el mundo del trabajo.
Está sucediendo algo que no había sucedido antes: está limitada la capacidad de una generación de adultos de educar a sus propios hijos.
Durante años, desde los nuevos púlpitos –colegios y universidades, medios de comunicación- se ha predicado que la libertad es la ausencia de vínculos y de historia, que se puede crecer sin pertenecer a nada ni a nadie, siguiendo simplemente el propio gusto o placer.
Se ha convertido en algo normal el pensar que todo es lo mismo, que en el fondo nada tiene valor excepto el dinero, el poder y la posición social. Se vive con una verdad fragmentada, como si el deseo de felicidad que el hombre tiene estuviera destinado a permanecer sin respuesta.
Se niega la realidad, la esperanza de un significado positivo de la vida, y por esto se corre el riesgo de sacar adelante una generación de jóvenes que se sienten huérfanos, sin padres y sin educadores, obligados a caminar como sobre arenas movedizas, paralizados frente a la vida, aburridos y a veces violentos, de cualquier modo a la merced de las modas y del poder.
Pero su desorientación es hija de la nuestra, su incertidumbre es hija de una cultura que sistemáticamente ha demolido las condiciones y los lugares propios de la educación: la familia, la escuela, la Iglesia.
Educar, es decir, introducir a la persona en la realidad y en su significado, a partir del patrimonio de nuestra tradición cultural, es posible y necesario, y es una responsabilidad de todos.
Se necesitan educadores, y los hay, que entreguen esta tradición a la libertad de los jóvenes, que los acompañen en una verificación llena de razones, que les enseñen a estimar y a amarse a sí mismos, a las personas y a la realidad.
Porque la educación comporta un riesgo y es siempre una relación entre dos libertades.
Para educar se necesita presentar adecuadamente elpasado dentro de una experiencia presente de manera crítica, que propone y da razones** .Todos hablan de capital humano y de educación, nos parece fundamental hacerlo a partir de unas respuestas concretas, practicadas, posibles, vivas, ya presentes.
No es sólo una cuestión de escuela o de profesionales del sector: lanzamos una llamada a todos, a quien quiera que le importe el bien de nuestro pueblo.
¡Está en juego nuestro futuro!
**Luigi Giussani, Educar es un riesgo, Editorial Almadía, Oaxaca (2006)